sábado, 04 de septiembre de 2010
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lunes, 25 de enero de 2010
Ser uno mismo.
No hay nada como ser uno mismo.
(Praxiz)

Últimamente uno de los temas que más me han pasado por la cabeza es el de la humildad. Así que voy a expresarme un poco acerca de ello mientras escucho Sigur Ros. Si queréis podéis escuchar la canción con la que escribo mientras leéis, así pillamos la misma onda, jeje...
Y por favor, leed despacio.


Empiezo con la conclusión, y es que la humildad se resume en ser uno mismo, o si no, éste es uno de sus aspectos más importantes. A veces pensamos que ser humilde se trata de no reconocer lo bien que bailamos, o lo bien que pintamos, o lo bien montamos en bici cuando alguien nos lo
dice... Eso es falsa humildad (recuerda, lee despacio).
Alguien humilde reconoce lo que es, y además no tiene miedo. La humildad hace exactamente lo contrario que el orgullo. El orgullo es el que hace que no reconozcamos nuestras victorias sin arrogancia y que tampoco reconozcamos nuestros errores. Cuando el orgullo discute, le importa más ganar el debate que llegar a la verdad, a mi me pasa. La humildad es la que te permite ser quien eres con las personas, sin sentirte tenso por lo que puedan pensar. Es la que te permite bailar aunque lo hagas fatal. La humildad es la que nos hace pensar en otras personas, porque ya no nos hace falta comernos la cabeza con nuestras inseguridades. El orgullo viene de la inseguridad, y la humildad de la seguridad.

Desde que nacemos recibimos ataques, ofensas y cosas desagradables que son inevitables. Poco a poco vamos poniendo barreras, nos intentamos proteger de los golpes de la vida y de las personas y vamos perdiendo la confianza, vamos perdiendo la libertad. El dolor nos hace orgullosos y eso es malo. Somos vasos rotos, y los vasos rotos cortan. Hacemos daño a otras personas y todo vuelve a empezar.
Digamos que el corazón que en principio era tierno se ha ido endureciendo y se han ido creando costras por las heridas. Hemos puesto una coraza, un escudo. Ahora somos más fuertes y más duros, pero nuestro corazón no respira, no está tierno y es difícil llegar a él. La mayoría de los grandes sueños que tiene la humanidad se basan en sanar esas heridas. Ganar mucho dinero para tener poder, reconocimiento, halagos y que eso nos haga sentir bien. La mayoría de las personas solo nos rascamos las postillas y no queda tiempo para lo importante.

Propongo que nos quitemos esa coraza, que bajemos la guardia y dejemos de intentar luchar con nuestras fuerzas. Que dejemos nuestra seguridad en manos de Dios, descansemos en Él. Seamos conscientes de quiénes somos en Dios, de quién dice Él que somos, sus hijos amados y aceptados (repítelo en voz alta todos los días) y entonces, desnudos y con el corazón podamos bailar, saltar, jugar y ser quienes somos, sin miedo a que nadie nos haga daño, a que nadie se ría.
El escudo de Dios es más fuerte, más duro y más grande, y hay espacio para correr.

Pablo Rego

Modificado el ( lunes, 25 de enero de 2010 )
 
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